
Para llevar a cabo su meticulosa investigación, y tal y como comenta Néstor Verona Carballo en el prólogo de la obra, Herráiz «inserta su estudio de lo local dentro de los parámetros de lo global, abriendo la ciudad al mundo, a su tiempo». De este modo, el autor justifica la interpretación de los geómetras valiéndose de «la simbología implícita en los números y en las figuras geométricas, la mística de las matemáticas, el conocimiento arcano, secreto y recóndito encerrado en los ciclos de muerte y resurrección, el movimiento de los astros, etc.».
Las longitudes de las calles y sus angulaciones, los ejes de la ciudad, la situación equidistante y concordante de edificios característicos con puntos de encuentros coincidentes milimétricamente con varas de medir medievales, «y un sinfín de detalles minuciosos, calculados, convincentes y rotundos que nos dejan con la miel en los labiosy la duda razonable en la reflexión», en palabras de Adrián Alemán. El ensayo de Herráiz, compuesto de 228 páginas, se estructura en diez capítulos, entre los que encontramos títulos como: «¿Hubo un plan geométrico?», «Solsticios y equinoccios», «Los descubrimientos de la profesora Navarro», «La sección Áurea», «El hombre de Vitrubio» o «Cuadrículas».
El autor demuestra como el convento de San Agustín y la iglesia de La Concepción se orienta con rigurosa precisión hacia los solsticios. Asimismo, la línea TCM (Torre de La Concepción, La Catedral y la ermita de San Miguel) se proyecta en dirección E/SE, concretamente hacia el momento de la salida del Sol durante el solsticio de invierno.
