Pues bien, en el extremo N/NE, a unos 35 m de la carretera, visualizamos las claras marcas sobre una toba volcánica de casi una decena de cazoletas y varios canales que las comunican. Las dos primeras se sitúan en la parte superior, desde donde partes sendos canales, al principio casi pegados, luego se van separando y serpentean hasta descender durante más de un metro de recorrido y dividirse en varios ramales que conectan un grupo de seis o siete cazoletas en la base del roque, algunas con más de 10 cm de diámetro y unos 5 cm de profundas. 
Recientemente visitamos el santuario y comprobamos que el sitio estaba lleno de vegetación, algunos de los arbustos habían enraizado en las cazoletas, entulladas de tierra y, en general, en unas condiciones de conservación deprorables. Por unos instantes creímos que no estábamos en el mismo lugar. No obstante, allí siguen presentes los surcos sagrados que labraron los aborígenes, recorriendo la pared y proyectados intensionadamente en dirección NE, hacia donde se encuentra el Garajonay, al encuentro del Sol durante el solsticio de verano que surge por las pendientes montañosas situadas al SE de la impresionante Argodey
